25/1/13

Lo peor de las listas de lo mejor del año


Cada fin de año trae consigo un sinfín de listas dedicadas a recapitular “lo mejor” de lo acontecido en dicho periodo, mismas que abarcan todo lo que admita parámetros de clasificación y muchas veces hasta lo que no. La producción literaria es uno de los tópicos predilectos de tales enumeraciones.

En la soledad en que se reconoce en la lectura, la herramienta estética más sincera con la que cuenta el lector es el gusto, mismo que nunca dejará de ser estrictamente subjetivo. De acuerdo a esto, podemos hallar recuentos que recurren como único criterio a la opinión del consumidor; reflejando así las preferencias de un sector que, experto o no, es el que mantiene viva la industria editorial.

En México, el panorama que rodea el ejercicio de la crítica y la recomendación literaria está lleno de contradicciones, por decir lo menos. Por una parte, existe una ambigüedad alarmante entre el papel del periodista, el escritor, y el crítico literario. La confusión es tal, que resulta imposible discernir cuál es el margen de influencia de cada uno, además de su función específica como parte de nuestro desarrollo cultural.

Queda claro que, en la gran mayoría de los medios dedicados a la discusión de la literatura, se padece una falta de rigor, seriedad y compromiso para con el lector. Un claro ejemplo de esta irrisoria mediocridad la dio el periódico Reforma; por conducto de Sergio González Rodríguez —encargado del recuento de los mejores libros del año— (lista 1), quien en un arrebato de autoridad y sin un claro sustento para sus aseveraciones, vierte elogios y burlas indiscriminadas a autores cuya obra no analiza. Este gesto de reseñismo burdo, invita a la sospecha de una crítica infundada que pondera el amiguismo y el revanchismo. Basta con leer el comentario, beligerante y malogrado, sobre Alberto Chimal. Además, Reforma publicó una nueva relación, donde se llega al absurdo de incluir al libro de Luigi Amara, cuando en la de Sergio González se le calificó como "el peor libro del año" (lista 2)

En esta tesitura, es muy difícil encontrar un catálogo que atienda a un objetivo estrictamente literario. Las taxonomías son de lo más variado. Algunos medios y revistas se remiten solo a los libros más vendidos: para el periódico El Economista (lista 3), su principal preocupación fue la de ilustrar una tendencia de mercado.

Resulta sorprendente que, escritores y críticos —como lectores expertos que se supone son— no esclarezcan a detalle qué criterios consideraron para mencionar una obra. A falta de un referente detallado que permita discernir el porqué de sus elecciones, autores como Jaime Mesa, se limitan a esbozar una precisión de nacionalidad y de lengua: los libros que integran su relación fueron escritos por mexicanos y en español (lista 4). Luego, Mesa hace una breve semblanza de los libros que integran su conteo, que tampoco permite especificar su relevancia.

El periódico Milenio emitió otra más por conducto de Ariel González, misma que no tiene un texto que avale los criterios de elección y ni siquiera remite a una semblanza de las obras elegidas. De lo que pude consultar, esta recopilación es una de las más ambiguas (lista 5).

Para la revista Nexos (lista 6), únicamente cinco títulos valen la pena; empero, no hay un texto que justifique su calidad. Lo que sí encontramos es una semblanza particularizada de cada uno de ellos, que fue realizada por escritores distintos (un autor escribe sobre cada libro) y que dibuja la importancia de los miembros que la integran.

Interesante sería encontrar, entre todas las listas, un punto de articulación común que definan sus intereses y su porqué. Por ejemplo: un tema, una lengua, un autor, un título, pero no. Se torna casi imposible lograrlo cuando encontramos que la mayor parte de las elecciones fueron asignadas arbitrariamente, bajo la sospecha de que los títulos recomendados ni siquiera fueron leídos puntualmente. Así, Aurelio Asiain incluye a Canción de tumba de Julian Herbert (lista 7), cuando dicho libro fue publicado en 2011 (lista 8)

No me atrevo a negar la calidad de los autores recogidos en todo lo enumerado; dudo más bien del criterio de quienes eligen, de sus motivaciones, de la poca astucia crítica, de su honestidad y del facilismo que impera en muchos de nuestros sectores literarios, lo que me hace dudar de su autenticidad.

Otro factor que nos insta al revisionismo frente a lo recomendado es la nula presencia de autores nacionales en las listas ofrecidas por medios internacionales En el recuento hecho por Babelia —suplemento cultural del diario El País— conviven autores de lengua española con los de otros idiomas, sin embargo, ninguno de ellos es mexicano. (lista 9) Lo mismo sucede con la que publica el periódico español ABC (lista 10) o con la del suplemento del diario argentino El Clarín (lista 11) Esto nos lleva a preguntarnos si la calidad literaria de la que presumen las listas nacionales es fidedigna, o si se trata meramente de un florilegio de cumplidos y deslealtades entre los propios autores, lo que genera conflictos de intereses éticos evidentes.

Para el lector aficionado es  muy difícil distinguir si  un reseñista realmente quedó impactado por la obra que leyó; o si propósito ulterior es legitimar por encargo un libro. Reconozco también que el prestigio de un escritor no siempre concuerda con la calidad de su obra. Los hay quienes gozan de uno mucho menor al de su pericia literaria; como los hay premiados y con una obra inconsistente. Queda claro que el crédito no siempre se obtiene después de haber escrito; sino también se logra favoreciendo al titular de un cargo público o al director de alguna editorial. 

El lograr que todos los mexicanos leamos parece una premisa de Estado. Enormes aparatos burocráticos promueven al libro; se construyen colosales bibliotecas; onerosas campañas publicitarias con famosos se repiten una y otra vez; se libra de impuestos a la compra de libros, inaudita situación que no pasa en países con porcentajes de lectura mayores al nuestro; y a pesar de todo eso, el objetivo no se alcanza: solo el uno por ciento de los mexicanos lee. Para Guillermo Sheridan, está probado nuestro rechazo al libro por las válidas razones que indica, aunque omite señalar la nula orientación literaria desinteresada que padecemos.

En medio de este caos, es necesario replantearnos si el libro y la lectura constituyen una prioridad nacional y si los métodos empleados para su difusión son eficientes o no; para esta tarea debemos despojarnos de obsoletos criterios nacionalistas de lo que se recomienda. La crítica arribista, subjetiva y poco sustentada, en nada contribuye a incentivarla.

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