26/2/14

"El placer de perder amigos". Julio Torri


El perder amigos no carece por cierto de alicientes.

En la amistad hay por lo común dos periodos. En los primeros meses, la conversación es venero de gratísimos entretenimientos. Cada vez se descubren nuevas conformidades de pensamiento y se establece una corriente de secretas afinidades. Las experiencias del uno son nuevas para el otro, y la curiosidad de ambos encuentra apacible regalo en las confidencias mutuas.

Pero llega un día en que nuestro amigo no nos guarda ya sorpresas. Tenemos una clarísima visión de su vida, y parece como si la hubiéramos incorporado a la nuestra. Donde nos hallemos, está él presente en espíritu;  y en su ausencia tenemos mil pensamientos que seguramente le hubieran ocurrido, a estar al lado nuestro.  En este punto la amistad deja de ser fuente de pasatiempo y risas y se torna en cosa más duradera y firme. Nuestro amigo se ha convertido en algo familiar y molesto, del que no podremos ya prescindir. Perderlo en esta época es perder irreparablemente, y para tal aflicción las alquitaras de la ideología  no destilan bálsamo eficaz.

Pero podemos soportar con demasiada resignación la pérdida de otra suerte de amigos, y aun sentir como un alivio, como un descanso. Los hay que nos entretienen, nos divierten, pero no llegamos a amar. Y en el día que desaparecen, lo lamentamos públicamente; acaso creamos nosotros mismos echarlos de menos; pero en verdad, experimentamos una satisfacción profunda.

Y es que la sociabilidad exige también sus sacrificios. Cada persona que tratamos promueve en nosotros una especial actitud de espíritu: solo de reducido número de asuntos sin importancia puede departirse, sin descender del terreno de las concesiones mutuas y de la cortesía excesiva de los indiferentes. Delante de ciertos sujetos no nos mostramos plenamente: son como una limitación al libre desenvolvimiento de nuestro ser. Por eso al saber de su muerte experimentamos una cruel y delicada sensación de placer. ¡No volver a saludarle; pasar por su calle sin peligro; despedirnos para siempre de su reuma, de sus predicciones políticas, de sus inmundos chascarrillos de almanaque! ¡Oh, qué profunda alegría llena nuestro corazón! ¡Qué  inmortal, si gustáis!

Y ya que hemos descendido insensiblemente al terreno de las confesiones indebidas, reconozcamos valientemente que existe más de un individuo —para cada uno de nosotros— cuya esquela de defunción recibiríamos sin el menor asomo de pena.

14/2/14

"El fin somos nosotros, nuestro privativo punto de vista". Alfonso Reyes


La historia que acaba de pasar es siempre la menos apreciada. Las nuevas generaciones se desenvuelven en pugna contra ella y tienden, por economía mental, a compendiarla en un solo emblema para de una vez liquidarla. ¡El pasado inmediato! ¿Hay nada más impopular? Es, en cierto modo, el enemigo. La diferencia específica es siempre adversaria acérrima del género próximo. Procede de él, luego lo que anhela es arrancársele. Cierta dosis de ingratitud es la ley de todo progreso, de todo proceso. Cierto error o convención óptica es inevitable en la perspectiva. La perspectiva es una interpretación finalista. Se da por supuesto que el primer plano es el término ideal a que venían aspirando, del horizonte acá, todos los planos sucesivos. Las líneas, se supone, caminan todas hacia un fin. El fin somos nosotros, nuestro privativo punto de vista.

23/1/14

Unas pinceladas en japonés

                                                                                                                                             
Soy viajero desde niño. No hay nada que disfrute más en la vida que visitar territorios distintos a donde transcurren mis días. Si no me muevo, me petrifico.


Algo tengo por cierto: un país no se aprehende en unas cuantas semanas. Lo que sí podemos entender es cómo somos nosotros en aquellos lugares que hemos visto mil veces en imágenes, reales o virtuales. Por eso estas notas no se refieren tanto al lugar, sino a la persona que soy en él.

Hace unas semanas viajé por primera vez a Japón y, en consecuencia, a Asia. Cumplí un pendiente que tenía cuando por fuerza mayor —un terremoto, un tsunami y una amenaza nuclear— tuve que cancelar reservaciones, boletos y hasta una amistad que se molestó por mi presunta falta de solidaridad con el pueblo nipón. Así comenzó este año, con la resta de sitios por conocer antes de morir y la suma de experiencias que me dejó esta travesía.


Lo primero a destacar es que el visitar Oriente, en muchos sentidos, es como salir del mundo conocido: literalmente es otra cultura. Así, en el breve tiempo del que dispuse en las ciudades de Tokio, Kyoto, Hakone, Osaka e Hiroshima vi y viví cosas y situaciones que difícilmente se hallan o suceden de este lado del planeta. Cito algunos ejemplos:


Fue sorprendente y educativo ver el profundo sentido del orden y limpieza que impera en el espacio urbano. A pesar de que no existen los contenedores de basura públicos —debido a un lamentable suceso ocurrido hace quince años, según me comentó una guía, cuando el gas sarín depositado en los contenedores del metro causó la muerte de muchos—, no hay basura de ningún tipo en las calles. Esto obedece a la semilla que se siembra a partir de la etapa preescolar: todos, sin importar jerarquías, deben contribuir a la limpieza de su centro educativo o laboral, asumiendo tareas de toda índole.

Si pienso en una característica de lo japonés, de inmediato lo identifico con la amabilidad. Por lo menos para el sector turístico, ese deseo de servir y agradar nunca lo había percibido en otro lugar.

A pesar de tener una población casi igual a la nuestra, en un territorio mucho menor, el orden les permite que la vida fluya de manera ágil. Y qué decir de los medios de transporte tan eficaces, limpios y seguros. No obstante, la sensación de asfixia por tanta gente en algunos lugares públicos es inevitable, y el tráfico vehicular puede llegar a ser escandaloso.



La capital, de algún modo, me desilusionó: todo por culpa de las películas. Pensé descubrir una ciudad que derrochara alta tecnología, tal como aparece en los escenarios fotografiados en Lost in Translation. No fue así; la magia que ésta transmite no llega tal cual a la realidad, pues a pesar de que existe una avenida larguísima llamada Electric City —en donde abundan tiendas de computadoras, iPads, videograbadoras, cámaras fotográficas, televisores, máquinas de afeitar, entre otros productos—, las construcciones de la ciudad no son edificios de otra galaxia. Comprendí entonces que la llamada crisis del dragón devoró esa imagen fílmica, y mi deseo de caminar en medio de hologramas tendrá que esperar para otros lugares y tiempos. Al final no pude evitar la sensación de que esa atmósfera, ese Tokio popularizado por la cinta de Sofia Coppola, también se pierde en la traducción.

De hecho me sorprendió descubrir que, a la sombra de esa crisis, ha surgido un mercado muy importante de artículos de lujo de segunda mano e incluso, contrastando con la idea de honestidad de ese pueblo, fácilmente se puede adquirir piratería.


En Tokio el sexo es parte del paisaje urbano. Es común encontrar, al lado de una tienda de electrodomésticos, cafés o locales al efecto. Esta moda, percibo, es utilizada como recurso para imponer una tendencia que los identifique como modelo a seguir, derivado de un afán por contrastar con el mundo occidental. Recordando al personaje de Nabokov, destacan las llamadas “Lolitas”. Su vestuario básico se compone por una falda de tablas al estilo escocés con base en tonos claros y líneas cruzadas en blanco y negro, blusa escolar blanca y suéter negro, complementado con medias negras que llegan arriba de la rodilla y zapatitos de tacón de muñeca, en color negro. El maquillaje es otro elemento clave para estas chicas: las mejillas con abundante rubor rosa, igual que el lápiz labial. El toque final lo da el cabello, recogido en una coleta y con flequillo. Confieso que no me provocó emular al profesor Humbert Humbert.



Los hombres, por su parte, tienden a imitar el canon que define al hombre contemporáneo. Me refiero a la tendencia del metrosexual que los adolescentes, universitarios y jóvenes profesionistas han adoptado de manera exacerbada, con el uso de cosméticos para el cuidado del rostro y estilizar el cabello, además de la ropa de diseñador, ceñida y colorida.

Luego, se hace evidente que la sociedad oriental sigue teniendo como parámetro de belleza exterior el nuestro. Por el dicho de un lugareño, si tienes rasgos caucásicos y hablas el idioma, no tendrás problema para conseguir destacar. Esto a pesar de que estos valores no sean intrínsecos a su filosofía.

Es muy complicado encontrar gente obesa en Japón en razón a su cocina exenta de grasas y a su amplio consumo de verduras. Si a esto le sumamos el generalizado uso de la bicicleta, entenderemos el elevado nivel de esperanza de vida del cual gozan.

El lenguaje puede ser un verdadero problema. No sólo para el extranjero, incluso para ellos mismos cuando de leer se trata. Si tenemos claro que dicho idioma maneja dos silabarios o "alfabetos" más un cúmulo de ideogramas, entenderemos este galimatías. Según un residente, para un estudiante de primaria resulta muy difícil leer un periódico, dada la cantidad de información que tiene que memorizar. Conociendo esto, no me resultó extraño que ninguna de las tres personas a las que interrogué supiera quién era su primer ministro.


Hakone es la punta de lanza para acometer el mítico Fujisan. Recuerdo una novela de Amélie Nothomb donde destacaba la importancia que para el japonés tiene el escalarlo. Pude comprobarlo: su belleza es tal que describirlo es imposible. Esa atracción, más el deseo de afirmación, hace que aun niños de siete años caminen por más de cinco horas para llegar a la cumbre, ver el amanecer y acometer el descenso.



Kyoto es una delicia de ciudad. Basta llegar para entender el porqué tanto residente adquiere el gusto por la fotografía. Uno apunta, dispara y una foto de concurso resulta; ante tanto primor, es fácil sentirse un nuevo Cartier-Bresson. La población es distinta a la que conocí en Tokio. No sé si fue por las fechas, pero todos los templos dedicados al budismo y sintoísmo, las dos religiones más comunes, estaban a reventar, no de turistas, sino de residentes.



Aquí percibí un gran arraigo en sus tradiciones. Es común visualizar a muchos jóvenes vestidos con el popular kimono, ya sea propio o rentado. Por otro lado, un detalle que me dejó perplejo fue saber que los monjes tienen la posibilidad de heredar el cargo de su padre y quedar al frente de alguno de los cientos de templos existentes. Cuando esto no es así, llegan a ese cargo luego de una carrera universitaria de cuatro años. Es preciso mencionar que estos personajes son verdaderos profesionales del culto, pues los servicios que otorgan a particulares por plegarias se encuentran tasados y sus honorarios no son meras “gratificaciones”; esto sin contar que para cada petición en particular, como tener salud, ser mejor estudiante o encontrar el amor, debe uno acudir a un recinto específico que de una u otra manera inducen a contribuir; al estar estos ingresos exentos del pago de impuestos, ejercer la dirección espiritual en Japón puede ser una actividad muy lucrativa.

Hiroshima me dejó una fuerte impresión. Con tan sólo un museo, una plaza y un edificio en ruinas, el único que se mantuvo en pie tras la bomba y el cual los residentes decidieron conservar, es suficiente para conmoverse. A diferencia del pueblo judío, en Japón no se habla de este terrible pasaje de su historia. En el recinto en honor a las victimas, casi no se hace referencia a la criminal decisión de los estadounidenses de iniciar la era nuclear ahí.




El país es sumamente seguro. Eso se percibe inmediatamente. Uno puede caminar por el lugar que sea con absoluta tranquilidad. En este punto, quizás el más importante, el Sol Naciente es Estado de primer mundo.

13/1/14

Letras libres: rapidito y mal



Desde que tengo uso de razón —y de imaginación— me ha gustado leer revistas culturales. En mis ratos de ocio, como cualquiera que se dedique a una profesión distinta al estudio y difusión de las letras, dedico una parte de éste a procurar ponerme al corriente en el debate de las ideas. En particular, disfruto buscar recomendaciones sobre novedades literarias, ya que ante tanta oferta que hoy existe, resulta temerario lanzarse al vacío, con mi precaria formación en la materia y sin cierta asesoría, en la búsqueda de buenos textos.

Dentro de ese vasto universo he seguido con interés a la revista Letras Libres, que en enero de 2014 cumple quince años de existencia. El objetivo de la misma, como bien lo apunta su dueño, a partir de una deuda, es conquistar la herencia que dejó Vuelta, la publicación de Octavio Paz. Hasta hoy, tal meta puede considerarse incumplida: no hay ningún número o siquiera algún texto en estos tres lustros que sea digno de recordarse, no por su calidad —que no pongo en tela de juicio— sino por haber alimentado el debate público, dilucidado la verdad objetiva o, cuando menos, generado las polémicas que en su momento causó la dirigida por el Nobel.

Estas sospechas se confirman de manera contundente en el número de aniversario, en donde se hace apología —y sensata crítica— a Por una democracia sin adjetivos, artículo de Enrique Krauze publicado originalmente en Vuelta. Llama mi atención que en su prólogo Tender puentes, éste se limita a alardear la lista alfabética de los autores que han colaborado, de diversas estaturas y relieves; sin embargo no recuerda un solo artículo que haya marcado la agenda que su impreso pretende generar.

Para celebrar y resaltar su vocación crítica, incurre en obviedades como generar un falso debate cultural entre Christopher Domínguez Michael y Jorge Téllez, con calificativos incluidos. Dentro de tanto, me pregunto ¿qué opinaría Octavio Paz de que su pretendida sucesora comparta, una y otra vez, colaboradores con Héctor Aguilar Camín y Nexos? ¿Será real o involuntario el raspón que da Domínguez Michael a la creciente fascinación de esa revista por las redes sociales, cuando apunta con evidente sarcasmo que "dicen que en Twitter es distinto y allí menudea el aforismo y la brevedad poética. Prometo buscarlos algún día"?

Otro aspecto a resaltar es que, en los últimos doce meses, he percibido que Letras Libres ha perdido rumbo y organización, quizá por tomar demasiado en serio el consejo que Alfonso Reyes le dio a Paz, según refiere Alberto Ruy Sánchez "recuerde sobre todo que usted es escritor. Por eso el trabajo administrativo, rapidito y mal". Más grave que su deficiente servicio de distribución —culpable de la cancelación de mi suscripción— encuentro la poca responsabilidad del editor al comisionar críticas, y sobre todo después del pobre número de agosto de 2013, Lecturas de nuestro tiempo, a un novel escritor que, por su limitada experiencia no puede calificarse como tal, o por lo menos acometer sin argumentos sólidos un texto de un autor tan reconocido.

Así, en el número de noviembre de 2013, aparece Amor en la guerra, una reseñita escrita por Emiliano Monge, sobre la novela "14", de Jean Echenoz. Para él, a pesar de que el autor "...Mantiene su inconfundible estilo lacónico y preciso y construye la historia con los mismos elementos con los que ha construido todas sus historias: el instante que lo cambia todo, la desaparición, la mudanza geográfica, los avatares identitarios, el triunfo de lo inesperado y esa extraña suerte de resignación que se hinca ante todo salvo ante sí misma", éste "...no consigue que esta retahíla de virtudes se conviertan en acierto." Debo aclarar que no cuestiono sus gustos literarios, sin embargo considero que una crítica debe ser más objetiva y sustentada, y no contener perlas como esta: "...El lector se ve obligado a enfrentarse a demasiadas páginas fallidas", cuando nos encontramos con un libro de tan solo 104 páginas. Pobres de nosotros, huyan de esto, parece advertirnos Monge, y solo nos queda, si en él confiamos, reconocerle su labor al alejarnos de un pésimo texto.

Adoptando una postura claramente opuesta a lo que opina Christopher Domínguez sobre el adecuado quehacer del crítico literario —lentitud de lectura, retardar el dictamen, añejarlo lo más que se pueda, hasta el punto que se lo permita su necesidad de vivir de lo que escribe u opina— Letras Libres decide publicar una crítica apresurada y con sesgo. Menuda contradicción.

En contraste con las opiniones antes vertidas, diversas publicaciones y blogs culturales, como Babelia y el de José Luis Ibánez, ubican al último libro del francés entre lo mejor del año, y personajes prominentes han mostrado una postura favorable. Iván Thays nos dice que "...es una de las más importantes de este reentré literario español (…). Echenoz es uno de los pocos autores que jamás defraudan". Por su parte, Enrique Vila Matas encuentra que la novela "Contiene una breve pero densa meditación sobre el destino de las generaciones. Si otros novelistas necesitan centenares de páginas para contarnos cómo se destruye el mundo, a Echenoz le han bastado 15 breves capítulos para dejarnos dolorosamente alucinados ante la gran carnicería del 14".

A esta voz se suman otras que le califican de "fulgurante, precisa, grave” (Nathalie Crom para Telegrama); de una “prosa elegante y sobria.” (El Imparcial); que "En 14 la guerra destruye lo que el libro cose. En ese sentido, el ejercicio de estilo es, como la muerte, un acto del corazón". (Libération); o, de acuerdo a Peio H. Riaño, "A Echenoz no le interesan los movimientos tácticos, ni los grandes generales, ni vivir la experiencia, él es un especialista en resucitar muertos para que vuelvan a contarnos sus calamidades" (El Confidencial).

Que Letras Libres se aventure a publicar una opinión contraria sin razones de peso no es audacia y transgresión, sino mera irresponsabilidad. Mucho me temo, por lo menos en este caso, que esto se ajusta a la perfección con el panorama que describe Fernando Escalante: 

"Cientos de miles de títulos cada año, grandes premios, elogios desorbitados, un nuevo Thomas Mann, un nuevo Cervantes cada tres meses, contratos millonarios, tirajes de muchos ceros —y es difícil encontrar nada que valga la pena. No en las mesas de novedades, por lo menos. Imposible orientarse en el conjunto: ¿qué pasa, qué ha pasado? ¿De dónde viene esto? (...) Se ha roto la confianza que había en la crítica de libros. Hasta hace poco, algunos años, los periódicos serios tenían un suplemento de libros que había que leer, y las revistas tenían una sección de crítica. Servían para que uno conociera nuevos autores, para tener una idea de lo que estaba en circulación. Y para apreciar incluso a los más conocidos. Ningún autor, y desde luego ninguno de los que escriben una novela cada año, o cada dos años, tiene una producción homogénea —la crítica sirve, o servía, para decir eso, y explicarlo. Ya no. Salvo un par de excepciones, la crítica ha desaparecido. Los suplementos que sobreviven son folletos publicitarios, sin ningún interés".

3/12/13

"Lo que yo entiendo por un crítico". Julio Cortázar



En América Latina, para empezar, tenemos una carencia de crítica considerable. Ese es el primer punto, carecemos de críticos.

América Latina ha tenido algunos maestros de la crítica y ahora naturalmente hay gente de una gran calidad en diferentes países o en el extranjero haciendo trabajo crítico, pero representan un número insignificante para la totalidad bibliográfica de lo que se está haciendo. Un verdadero crítico no se da abasto ni siquiera para ocuparse de su especialidad, sea novela, poesía o cuento. Se está escribiendo y publicando tanto en América Latina que necesitaríamos tribunas críticas, revistas críticas, periódicos con grandes secciones críticas y lo que tenemos son reseñas en general, es decir, un señor que a veces se califica de crítico y simplemente dice que ha leído la novela de la señorita Susana Fernández, que es una novela en la que se cuentan las aventuras de tal y tal cosa y sucede tal cosa y está muy bien escrita y punto final; no hay absolutamente ninguna crítica de fondo. Es una reseña y es útil porque si el lector lee y le interesa lo que se reseña, va a ir buscar el libro, pero está muy lejos de ser una crítica, y lo mismo sucede en materia de cine y de música.

Lo que yo entiendo por un crítico es un hombre que haga un análisis cortical y profundo de una obra literaria, que la desmenuce, la diseque y, al mismo tiempo, no la mate, lo cual es muy difícil porque en realidad, aunque todos estamos en contra de la vivisección, en el único terreno en que se puede permitir es en la crítica literaria; incluso hay que buscarla porque el verdadero crítico literario tiene que analizar las obras vivas, no las puede analizar muertas como hacen la mayoría de las reseñas.

Eso crea un doble inconveniente en América Latina: uno, que el lector está muy poco informado; los lectores se manejan muchas veces por una especie de antenas intuitivas o por lo que se enteran a través de amigos pero no tienen una información crítica como la tiene un lector inglés y supongo que también en este país donde hay muchas revistas de crítica literaria. Ése es el primer problema; el segundo, igualmente grave, es que los escritores avanzan en su trabajo muchas veces sin conocer la valoración de verdaderos grandes críticos.

Solo cuando un escritor es muy conocido —¡ah, entonces sí!— le caen encima como un ladrillo: todos los críticos empiezan a escribir y se hacen tesis y libros a tal punto que en mi opinión se escribe demasiado sobre todos nosotros. Ya hay temas mucho más interesantes que escribir sobre los más conocidos en América Latina, pero los que no son muy conocidos no tienen absolutamente ninguna crítica y pasan muchos años sin que reciban el aliento de un crítico o que un crítico les señale sus defectos, lo cual también es un aliento porque si ese hombre tiene cualidades los va a superar.




23/11/13

"Fluyendo por la corriente y atrapados por el presente". David Jewell


Ilusiones de ensueño,
dilatadas pestañas,
por tu hermoso rostro
se vierte una lágrima en mi copa


al mirar esos grandes ojos
veo lo que significas para mí:
ricos pasteles y malteadas


soy un ángel errado,
un desfile de fantasía;
quiero que sepas lo que pienso,
ya no tendrás que adivinarlo

no sabes de dónde vengo
ni sabemos adónde vamos;
fuimos lanzados a la vida 
como ramas al río, 
fluyendo por la corriente
y atrapados por el presente

te llevaré,
me llevarás,
así podría ser;
¿no me conoces?
¿no me conoces todavía?

16/11/13

"La magia de los primeros instantes". Maxence Fermine



Además, si todos los hombres quisieran encontrar una explicación a la locura de sus actos, hace tiempo que no habría aventureros...

...Le había prometido a Loan regresar. No regresaría.

Sin confesárselo,  Charles Stowe sabía perfectamente que las más hermosas promesas, aunque acaben convirtiéndose en polvo de recuerdo, no traspasan nunca el reloj de arena del tiempo...


...No le guardaba rencor a aquella mujer. Con el tiempo, aprendió a amarla y le pareció todavía más admirable. Una especie de certeza impregnaba su ser, infundiéndole serenidad. Tenía el convencimiento de que su amor crecería cada día hasta su muerte. Había sido tan breve la relación entre ambos que la llama no había llegado a consumirse. Loan le había ofrecido lo más hermoso: la magia de los primeros instantes.


5/11/13

Los relámpagos de octubre


Cualquier propuesta que pretendiera darle un carácter científico a la historia se toparía con un muro imposible de expugnar: la realidad mexicana.

Nuestro devenir está plagado de tantas contradicciones, hechos increíbles e inexplicables, imitaciones absurdas, mezquindades y egoísmos, que es materialmente imposible marcar un camino cierto que explique con objetividad por qué somos y estamos así.

El maniqueísmo es la constante que nos identifica; siempre hay dos bandos bien identificados, el de los héroes y el de los traidores, el cual se define entre el vencedor y el derrotado, sin que los matices se distingan aun dentro de cada grupo. Por esa manera de entendernos vivimos en la ambigüedad de considerar mártir a Cuauhtémoc y conquistador a Cortés, cuando quizá muchos de nuestros antepasados venían en las carabelas españolas; o en nombrar padre de la patria a Miguel Hidalgo, quien fue un pésimo militar y se pronunció a favor de la monarquía, y en condenar al oscurantismo a nuestro verdadero libertador —caso único en el mundo— Agustín de Iturbide; o en dar trato tan diverso a Juárez y a Díaz, cuando sus rutas eran similares, nada más que uno se murió a tiempo y el otro nos pacificó y modernizó.

Así, no es de extrañar que nuestros mejores historiadores sean irónicos novelistas que nos pintan tal cual somos. Por mucho, prefiero los textos de Jorge Ibargüengoitia que cualquier libro de enseñanza editado por la maltrecha Secretaría de Educación Pública.

Un digno ejemplo de lo que comento se halla entre cualquiera de los personajes destacados de la mal llamada revolución. Los temas abundan, ya que la ideología y las convicciones eran lo de menos frente al vigor de unos millones de pesos, como bien decía Álvaro Obregón. En esa época, las balas suplían a las razones y las sucesiones de poder transcurrían llenando el camposanto de opositores aunque, al final, asesinos y víctimas acabaron integrando una familia feliz en un gran mausoleo nacional.

Recordemos una buena historia: El general Lázaro Cárdenas, quien para muchos ha sido el presidente de México más popular, a pesar de que solo alcanzó a terminar la primaria y tuvo un desempeño militar mediocre, en 1913 se incorporó con las fuerzas de Guillermo Garda; después de la Convención de Aguascalientes, militó en el villismo a las órdenes del general Morales. En 1915 se unió al carrancismo. Astuto, supo cambiar de nuevo de bando y secundó el Plan de Agua Prieta de 23 de abril de 1920, lo que le permitió unirse a la generación sonorense y relacionarse con uno de sus principales impulsores: Plutarco Elías Calles.

En ese momento, no se le tenía en un buen concepto. En palabras de Alfonso Taracena, Obregón decía que "era un tarugo con iniciativa" a propósito de este diálogo con José Vasconcelos el 31 de diciembre de 1923:"Y el Presidente observa: 'Es ya un progreso que entre nosotros la guerra se civilice; ya ve usted lo que ha hecho Estrada con Cárdenas; otro en su lugar lo fusila'. Vasconcelos pregunta cómo estuvo lo de Cárdenas, y Obregón responde 'Nada, lo que yo había previsto; justamente le di el mando de esa columna sabiendo que la llevaría al desastre porque me convenía distraer por allí la atención del enemigo, mientras preparábamos la ofensiva de Ocotlán. Cárdenas fue de carnada. Y así, mientras Estrada se pavonea de su triunfo ante las bellas de Guadalajara y se permite gestos a lo Nicolás Bravo, yo, por el Bajío, le preparo el derrumbe'...".

Tras la muerte del manco de Celaya, una hábil iniciativa de Calles para controlar las disputas políticas y convertirse en el principal árbitro de los destinos nacionales, marcó el rumbo del siglo XX mexicano: la creación del Partido Nacional Revolucionario, después institucionalizado —o petrificado— por el michoacano. Así, durante el periodo que corrió de 1928 a 1934, no hubo más Jefe Máximo que el hijo de Guaymas. Desde su casa de la colonia Anzures se lograba apreciar el Castillo de Chapultepec, residencia de los presidentes. Por ello se decía: "Allí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente". 

Si ignoramos todo lo que se afirma de Carlos Salinas, don Plutarco ha sido el único que ha podido extender su poder después de su mandato. Con Portes Gil fue designado secretario de Guerra y Marina, cargo que repitió durante el gobierno de Ortiz Rubio. En 1933, Abelardo L. Rodríguez le comisionó la Secretaría de Hacienda y la Presidencia del Consejo Ejecutivo de los Ferrocarriles Nacionales de México. Fueron los años de nuestro Caudillo; Cárdenas, fiel, nunca se manifestó en contra: era su amigo.

Para el mes de mayo de 1933 se presumía que los candidatos presidenciales del Partido, o sea los de Calles, eran Pérez Treviño, Riva Palacio y Cárdenas. Sin embargo, cuando Rodolfo Calles habló en la Cámara de Diputados de las virtudes de éste último, los políticos se unieron en torno al mejor hombre. Quizás, el Jefe Máximo seguía pensando en el hombre objeto de burlas diez años antes. Así, el 6 de diciembre, fue ungido. 

El Tata asumió el cargo el 1 de diciembre de 1934. Una de sus primeras medidas fue mudar la residencia oficial a Los Pinos, ya que quizá no le gustaba la vista desde la antigua residencia de Maximiliano. La segunda, fue revertir políticas e intereses ligados al callismo, lo que generó la discordia, la guerra de declaraciones y el enrarecimiento del clima político.

En ese tiempo, Cárdenas denunció el propósito de Calles de intervenir en la política del país, al declarar que esa actitud era "una traición a México y a la Revolución al querer desprestigiar al sacrificio del pueblo mexicano…".

En ese contexto, el 10 de abril de 1936, el presidente aplicó la razón de Estado y lo expulsó del país hacia Los Ángeles, California, en compañía de Luis N. Morones, Luis N. León y Melchor Ortega. Se cuenta que al llegar los ejecutores de madrugada a la casa de Anzures, su propietario se encontraba en pijama leyendo Mi lucha de Adolfo Hitler, título muy popular entre las corrientes opositoras a las políticas cuasi socialistas de la época.

Con esa cómoda vestimenta, durante el trayecto en el avión, Calles pensó que sería asesinado como todos sus antecesores. No fue así. Eso no era lo que el general Cárdenas hubiera querido; el amigo le fue leal y lo dejó morir de su alcoholismo nueve años después.

Nadie protestó por la medida. La justificación legal de la misma se resume en estas palabras del presidente: “...se aplicó debido a que ha llegado ya a un límite que perjudica los intereses del país y debido a la conspiración que se ha comprobado con tres Generales y un civil, y de que son elementos que considera el propio gobierno que no son leales…”.

El tiempo pasó, los gobiernos se sucedieron y Cárdenas falleció varios años después de estos hechos. Como toda buena familia, Gustavo Díaz Ordaz —el nuevo patriarca— cumplió los ocultos deseos de nuestros personajes reflejados en estas palabras de Calles: "Debieran saber los que prohíjan y realizan estas maniobras, que no hay nada ni nadie que pueda separarnos al general Cárdenas y a mí. Tenemos veintiún años de tratarnos continuamente y nuestra amistad tiene raíces demasiado fuertes para que haya quien pueda quebrantarla", y decidió enterrarlos juntos en el Monumento a la Revolución, bien resguardados por una puntual y ordenada columna de leales maestros. Los amigos unidos aun después de la muerte. No podía ser de otra manera ante tanta afinidad: ambos fallecieron un 19 de octubre.

2/11/13

"Pequeño elogio de lo cotidiano". Julio Cortázar


La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique.

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.

Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza...

20/10/13

"El poder del hambre". Joseph Conrad


Ningún miedo logra resistir el hambre, ni hay paciencia que pueda soportarla. La repugnancia sencillamente desaparece cuando llega el hambre, y en cuanto a la superstición, creencias, y lo que ustedes podrían llamar principios, pesan menos que una hoja en medio de la brisa. ¿Saben lo diabólica que puede ser una inanición prolongada, su tormento exasperante, los negros pensamientos que produce, su sombría y envolvente ferocidad. Bueno, yo sí. Le hace perder al hombre toda su fortaleza innata para luchar dignamente contra el hambre. Indudablemente es más fácil enfrentarse con la desgracia, con el deshonor, con la perdición del alma, que con el hambre prolongada.