En su imaginación (lo único que le queda) se ha abierto paso a tajos por entre las zarzas, ha escalado el muro del castillo y ha llegado a la cabecera de su cama. Había esperado sentirse excitado ante la simple visión de ella, esta legendaria belleza a un mismo tiempo angelical y felina, y en efecto, desnudado por las zarzas, con la carne ardiéndole todavía por los pinchazos de las espinas en las que ahora parece estar envuelto como en el sudario de un mártir, está excitado, pero no por la criatura tendida delante de él, pálida e inmóvil, que lleva su belleza fantasmal como una pena antigua e indeleble. Su sentido de la vocación le impulsa hacia delante y, empujando por el amor y el honor de concluir esta aventura legendaria, se inclina para besar aquellos delicados labios de coral, ligeramente abiertos, que lo han estado esperando todos estos cien años, para que él pueda liberarla del hechizo y llevar a cabo su propio destino emblemático. Pero titubea. ¿Qué es lo que lo frena? No este apagado sonido de huesos viejos a su alrededor. Algo más parecido a la compasión, tal vez. ¿Qué quiere decir felices por siempre jamás, después de todo, sino una caída en lo ordinario, en la debilidad humana, acumulando desesperación, una caída en la muerte? Su destino es éste, tanto si consigue cobrar fama como si no (¿qué importa?). Pero no tiene por qué ser el de ella. Él imagina el delirio de la unión, las celebraciones y el consiguiente florecimiento del moribundo reino, los vástagos que llegarían, las consiguientes alegrías, las penas, el ser Rey, el ser Reina, las obligaciones de ella, las de él, los días que se suceden a los días, el agotamiento de la inagotable fuente de su pasión, las decepciones y las frustraciones y las traiciones, el tedio, las dudas (¿era realmente ella?, ¿era realmente él?), las desfiguraciones del tiempo, el irse consumiendo el significado y la memoria, los subsiguientes silencios, la muerte de los sueños.
1/8/13
4/7/13
¿De qué se trata la vida?
"¿De qué se trata la vida? Ves una puerta, por ejemplo. La primera vez te preguntas qué hay al otro lado. Después abres varias puertas y dices, ‘Ahora quiero cruzar un puente. Estoy cansado de las puertas’. Y luego lo cruzas y llegas al otro lado y te das cuenta que eso es todo lo que hay: puertas. Y ventanas y puentes y rejas. Y todas abren de la misma manera. Y todas se cierran detrás de ti. Se supone que la vida tiene que ser un sendero, y sigues, y estas cosas te pasan, y se supone que tienen que cambiar tu dirección, pero resulta que no es verdad. Resulta que las experiencias son nada. Solo son centavos que recoges del suelo y pones en tu bolsillo mientras vas yendo en línea recta hacia tú sabes donde".
Gran monólogo de Roger Sterling (John Slattery) durante The doorway, el primer capítulo de la penúltima temporada de Mad Men. No cabe duda que el mejor cine se está haciendo en la televisión.
20/5/13
"¿Por qué parece que nadie sufre en este somnoliento universo?". Giovanni Papini
¿No sientes cómo se arrastra despacio y lento este perezoso mundo? ¡Parece un anciano gotoso, un cojo decrépito, un enfermo atontado! ¡Adelante pues, aún más deprisa! Arrástrenlo a la fuerza, háganlo correr, empújenlo con violencia, tiren de él vertiginosamente como si fuera un perro atado a una correa. ¿Cómo hacen para caminar con ese paso fúnebre de procesión? ¿Cómo hacen para respirar con esa eterna respiración de enfermo?
¿Cómo hacen para hablar con la apagada cadencia de un sacerdote orante? ¿Cómo consiguen vivir en esa atmósfera uniforme de duermevela?
¡Despierten de una vez! ¡Acuérdense de vivir, criaturas civiles! ¡Qué su paso se convertirá en salto y su salto en vuelo! ¡Qué su palabra se haga grito y su respiración jadeo! ¡Qué su vida sea como una fiebre y su fiebre una tempestad de delirio!
Adelante pues, mundo lento, perezoso, holgazán, cansado, durmiente. Adelante sin reposo. Más deprisa, más deprisa todavía, aún más deprisa, cada vez más, cada vez…
¿Pero dónde está el director de orquesta del mundo?... Quiero que la danza lenta del universo se convierta en una zarabanda enloquecida. ¿No ves qué ridiculeces de minutero? Es una pérdida de tiempo, un hastío: uno se cansa, se adormece.
No más reverencias, no más pausas, no más reposos. ¡Un baile frenético sin reglas ni descansos, un baile salvaje de moribundos borrachos quiero ver esta tarde!
¿Cómo pueden vivir, hombres, con tanta lentitud? ¿No sienten cómo todo se mueve lentamente, cómo todas las cosas llegan y pasan con una calma insufrible, cómo todo este mundo tiene el aire de una vieja máquina cansada que da sus últimas vueltas? ¿No se dan cuenta de que todos parecemos adormecidos, somnolientos, dormidos?
¿Quién es el necio que habla del paso del tiempo? ¿Pero no saben las largas horas que hay que esperar hasta que viene la noche, y las largas horas que pasan hasta que llega el día, y los largos días que se suceden hasta completar el año, y los interminables años que hacen falta para que florezca la juventud, y para que la muerte nos haga libres?
Para cualquier cosa que tengamos que hacer hay que esperar, para que algo aparezca o desaparezca es necesario esperar. Lo que se podría hacer en una hora, tardamos un día en hacerlo, lo que se podría gozar en día, se goza de hora en hora a lo largo de un año. Todo está medido, calculado, previsto. Los acontecimientos del mundo llegan y pasan a intervalos regulares, en las mismas épocas, y nada puede hacer que aceleren su paso. Es necesario que todo se diluya en la lenta serie de los días. ¿Qué es la vida, la verdadera, profunda, intensa vida, más que una hilera de pavesas en un campo de cenizas, un raro collar de perlas enfiladas en un largo y melancólico hilo gris? Y sin embargo no podemos vivir todas las cosas bonitas de nuestra vida en un día. No podemos reunir todas las pavesas para hacer con ellas la llama de una hora, no podemos juntar todas las perlas para hacer un pequeño lazo de voluptuosidad.
Es necesario que todo se haga despacio, despacio, despacio, con método, con prudencia, con cautela. Es necesario que todo acontezca a su hora y no antes, que el agua corra en el río y no se precipite en una cascada, que el viento acaricie los pálidos rostros de los hombres y no arremeta como un huracán para abatirlos, que toda la vida sea un prudente vegetar y no un ímpetu fulminante de revuelta contra la tierra.
Pero yo no quiero que sea así. Me muero de ansia si continúa este lento camino del mundo. ¿Por qué parece que nadie sufre conmigo en este somnoliento universo? Yo me siento fuerte, esperanzado, impaciente, y mis compañeros no se dan cuenta de nada, y esperan, se adormecen y mueren creyendo que viven. ¿Pero no saben que una hora de alegría en libertad, un instante de éxtasis y de rapto valen por todas sus vidas centenarias, por todas sus serenas existencias de obedientes extenuados? ¡Un solo día de vida por todos estos años! ¡Toda mi vida en un día! Niño por la mañana, amante al mediodía, poeta al atardecer, sabio al caer la noche. Todas las alegrías que quieras concederme, Dios que estás en los cielos, dámelas todas en una hora. ¡Que las estaciones se sucedan a cada instante, que nazca y se ponga el sol cada minuto, que cada latido de mi corazón marque un nuevo placer!...
...Pueblo de durmientes, multitud de aburridos que esperan, he aquí el viento que viene y grita como una garganta de gigante semidiós. También después del sueño llega la muerte, hagan que los sorprenda antes, pero que los encuentre despiertos y excitados como seres invadidos por una pasión desenfrenada.
26/1/13
Sobre "Justicia" de Gerardo Laveaga
Analista, abogado y funcionario público mexicano, Gerardo Laveaga ha sabido combinar su desempeño profesional y el ámbito académico con el oficio de escribir.
Además de haber publicado diversos textos jurídicos, incursionó en la novela desde los 24 años con la publicación de Valeria, en 1987. Desde entonces, es constante su producción literaria, incluyendo títulos como: Los hombres que no querían redención (1987), Creced y multiplicaos (1996), El último desfile de septiembre (1994) y El sueño de Inocencio (2008); ésta última quizá su obra más conocida.
Justicia es su más reciente entrega. En 334 páginas de prosa sin pausa, el autor desnuda el procedimiento penal mexicano con todas sus deficiencias, para finalmente mostrarnos un panorama desolador de la enseñanza y el ejercicio del derecho en nuestro país.
La posición del autor es privilegiada dado su doble carácter: el de un escritor audaz y punzante, y el de servidor público que conoce las entrañas de nuestro sistema de administración de justicia. Si a eso le añadimos una historia verosímil y actual, que mantiene nuestra atención desde el trepidante inicio hasta el sorprendente final, Justicia se convierte en un texto fundamental para discutir las coyunturas jurídicas contemporáneas.
La Ciudad de México despierta con una noticia conmovedora, una joven de quince años es hallada sin vida en la alameda de Santa María la Ribera. En una de las prendas del cadáver está escrita la palabra puta. Será este crimen lo que dará pie a una exhaustiva radiografía del poder judicial, que el lector podrá seguir paso a paso.
Aborda cuatro historias que tienen un punto de intersección: dilucidar quién y por qué cometió un terrible crimen. Con destreza, los personajes son sometidos a una reelaboración crítica del concepto que da nombre a la novela y de sus implicaciones.
El texto expone la punta del iceberg de las entretelas de la corrupción que inevitablemente aparece en todos los niveles de nuestra sociedad. Emilia, la protagonista, pertenece a la emergente comunidad de abogados en México y es amante del violonchelo. Como consecuencia de su juventud y sus esperanzas en la carrera jurídica, defiende con inesperada pasión que el derecho y la legalidad deben imperar sin inmundicia ni ataduras.
¿Cómo el propio afectado por el sistema se vuelve comparsa de él? ¿Cómo el sometido es verdugo de su misma clase? ¿Cómo la falsa justicia hecha por mano propia se convierte en la única alternativa? Laveaga demuestra que la historia del ser humano es la de la guerra, por lo tanto, la línea entre lo permitido, lo inevitable, lo justo y transparente, es etérea.
El manejo del lenguaje, coloquial en algunos casos e impostado en otros, permite demarcar las diferencias ideológicas entre los personajes. En este sentido, se insinúa que los crímenes no son necesariamente subproducto de motivaciones psicológicas unilaterales y que tampoco están definidos solo por los devenires económicos; son más bien la consecuencia del desentendimiento y confrontación social en un país donde se desdibujan los límites entre la libertad, lo privativo y la justicia.
El título del libro permite que, a manera de novela policíaca, el autor nos exponga una estructura narrativa con mezcla de suspenso, crimen, didactismo y discernimientos morales. El lector hace las veces de detective o de juez, y pone en entredicho nuestro posicionamiento frente a la obra, dentro o fuera: ¿Somos parte del sistema por habitar un espacio homogéneo de criminalidad, o siempre habrá oportunidad de regeneración e integridad humana intacta?
La posición del escritor, como abogado y como conocedor de nuestro sistema penitenciario, le permite adentrarse en preguntas urgentes: ¿Estudiamos correctamente el derecho en nuestro país? ¿Vale la pena dedicarse a una profesión plena de ideales que poco pueden realizarse?
Ésta es una excelente novela de aprendizaje y formación, para todo aquel que pretenda asumir la abogacía como forma de vida.
Al fondo suena, intermitente, una sonata de Fauré.
25/1/13
Lo peor de las listas de lo mejor del año
Cada fin de año trae consigo
un sinfín de listas dedicadas a recapitular “lo mejor” de lo acontecido en
dicho periodo, mismas que abarcan todo lo que admita parámetros de clasificación y
muchas veces hasta lo que no. La producción literaria es uno de los tópicos
predilectos de tales enumeraciones.
En la soledad en que se
reconoce en la lectura, la herramienta estética más sincera con la que cuenta
el lector es el gusto, mismo que nunca dejará de ser estrictamente
subjetivo. De acuerdo a esto, podemos hallar recuentos que recurren como único
criterio a la opinión del consumidor; reflejando así las preferencias de un
sector que, experto o no, es el que mantiene viva la industria editorial.
En México, el panorama que
rodea el ejercicio de la crítica y la recomendación literaria está lleno de
contradicciones, por decir lo menos. Por una parte, existe una ambigüedad
alarmante entre el papel del periodista, el escritor, y el crítico literario.
La confusión es tal, que resulta imposible discernir cuál es el margen de
influencia de cada uno, además de su función específica como parte de nuestro
desarrollo cultural.
Queda claro que, en la gran
mayoría de los medios dedicados a la discusión de la literatura, se padece una
falta de rigor, seriedad y compromiso para con el lector. Un claro ejemplo de
esta irrisoria mediocridad la dio el periódico Reforma; por
conducto de Sergio González Rodríguez —encargado del recuento de los
mejores libros del año— (lista 1), quien en un
arrebato de autoridad y sin un claro sustento para sus aseveraciones, vierte
elogios y burlas indiscriminadas a autores cuya obra no analiza. Este gesto de
reseñismo burdo, invita a la sospecha de una crítica infundada que pondera el
amiguismo y el revanchismo. Basta con leer el comentario, beligerante y malogrado, sobre Alberto Chimal. Además, Reforma publicó una
nueva relación, donde se llega al absurdo de incluir al libro de Luigi Amara,
cuando en la de Sergio González se le calificó como "el peor libro del
año" (lista 2).
En esta tesitura, es muy
difícil encontrar un catálogo que atienda a un objetivo estrictamente
literario. Las taxonomías son de lo más variado. Algunos medios y revistas se
remiten solo a los libros más vendidos: para el periódico El
Economista (lista 3), su
principal preocupación fue la de ilustrar una tendencia de mercado.
Resulta sorprendente que,
escritores y críticos —como lectores expertos que se supone son— no esclarezcan
a detalle qué criterios consideraron para mencionar una obra. A falta de un
referente detallado que permita discernir el porqué de sus elecciones, autores
como Jaime Mesa, se limitan a esbozar una precisión de nacionalidad y de
lengua: los libros que integran su relación fueron escritos por mexicanos y en
español (lista 4). Luego, Mesa
hace una breve semblanza de los libros que integran su conteo, que tampoco
permite especificar su relevancia.
El periódico Milenio emitió otra más por conducto de Ariel González, misma que no tiene un texto que avale los
criterios de elección y ni siquiera remite a una semblanza de las obras
elegidas. De lo que pude consultar, esta recopilación es una de las más
ambiguas (lista 5).
Para la revista Nexos (lista 6), únicamente
cinco títulos valen la pena; empero, no hay un texto que justifique su calidad.
Lo que sí encontramos es una semblanza particularizada de cada uno de ellos,
que fue realizada por escritores distintos (un autor escribe sobre cada libro)
y que dibuja la importancia de los miembros que la integran.
Interesante sería encontrar,
entre todas las listas, un punto de articulación común que definan sus
intereses y su porqué. Por ejemplo: un tema, una lengua, un autor, un título,
pero no. Se torna casi imposible lograrlo cuando encontramos que la mayor parte
de las elecciones fueron asignadas arbitrariamente, bajo la sospecha de que los
títulos recomendados ni siquiera fueron leídos puntualmente. Así, Aurelio
Asiain incluye a Canción de tumba de Julian Herbert (lista 7), cuando dicho
libro fue publicado en 2011 (lista 8)
No me atrevo a negar la
calidad de los autores recogidos en todo lo enumerado; dudo más bien del
criterio de quienes eligen, de sus motivaciones, de la poca astucia crítica, de su
honestidad y del facilismo que impera en muchos de nuestros sectores
literarios, lo que me hace dudar de su autenticidad.
Otro factor que nos insta al
revisionismo frente a lo recomendado es la nula presencia de autores nacionales
en las listas ofrecidas por medios internacionales En el recuento hecho
por Babelia —suplemento cultural del diario El País— conviven
autores de lengua española con los de otros idiomas, sin embargo, ninguno de
ellos es mexicano. (lista 9) Lo mismo
sucede con la que publica el periódico español ABC (lista 10) o con la
del suplemento del diario argentino El Clarín (lista 11) Esto nos
lleva a preguntarnos si la calidad literaria de la que presumen las listas
nacionales es fidedigna, o si se trata meramente de un florilegio de cumplidos
y deslealtades entre los propios autores, lo que genera conflictos de
intereses éticos evidentes.
Para el lector aficionado es muy difícil distinguir si un reseñista realmente quedó
impactado por la obra que leyó; o si propósito ulterior es legitimar por
encargo un libro. Reconozco también que el prestigio de un escritor no siempre
concuerda con la calidad de su obra. Los hay quienes gozan de uno mucho menor
al de su pericia literaria; como los hay premiados y con una obra
inconsistente. Queda claro que el crédito no siempre se obtiene después de
haber escrito; sino también se logra favoreciendo al titular de un cargo
público o al director de alguna editorial.
El lograr que todos los
mexicanos leamos parece una premisa de Estado. Enormes
aparatos burocráticos promueven al libro; se construyen colosales
bibliotecas; onerosas campañas publicitarias con famosos se repiten una y otra
vez; se libra de impuestos a la compra de libros, inaudita situación
que no pasa en países con porcentajes de lectura mayores al nuestro;
y a pesar de todo eso, el objetivo no se alcanza: solo el uno por ciento de los mexicanos lee. Para Guillermo Sheridan, está probado nuestro rechazo al libro por las válidas razones que indica, aunque omite señalar la nula orientación literaria desinteresada que padecemos.
En medio de este caos, es necesario replantearnos si el libro y la lectura
constituyen una prioridad nacional y si los métodos empleados para su
difusión son eficientes o no; para esta tarea debemos despojarnos de obsoletos
criterios nacionalistas de lo que se recomienda. La crítica arribista,
subjetiva y poco sustentada, en nada contribuye a incentivarla.
15/1/13
Sobre "Vespa 70" de Óscar Esquivel
La
divulgación literaria en la red es impresionante. A quienes nos gusta leer,
hallar buenas opciones cada día se complica por el flujo de información. De
esta forma, siempre es agradable descubrir nuevas propuestas como la de la
Revista Euritmia, misma que en su tercer número, incluye Vespa 70 ;
una obra de Óscar Esquivel Gastelum, sagaz tuitero y agudo escritor.
El
crimen es un motivo que, al interior de la literatura, ha mostrado una
maleabilidad sorprendente. Su presencia ha repercutido moral y estéticamente en
todas y cada una de las civilizaciones que han habitado este planeta.
Quizá
el último escritor que revolucionó la narrativa de la criminalidad fue Jorge
Luis Borges. Relatos como La muerte y la brújula, El fin, La Espera, o
Emma Zunz; son muestra más que fidedigna de un hito en la historia de la
literatura criminal: el culpable será escuchado, pero no alcanzará ninguna
oportunidad de redención.
En Vespa
70, nuestro joven escritor retoma con inteligencia cuatro
aspectos fundamentales en la narrativa de Borges: la puntualidad en el manejo
de los adjetivos; la elucidación de un pasado inconcluso; el recuerdo de un
crimen; y un insaciable deseo de venganza.
Un
hombre irrumpe en un café-bar con el afán de comprar una motoneta. El
dependiente del bar lo atiende, revelándole que el vehículo fue suyo.
Conversan. La tensión crece a medida que el comprador escucha las memorias del
vendedor. El relato, que parecía anecdótico, se transforma en la
confesión de un crimen. Los tiempos se actualizan, y el lector asiste a uno de
los momentos más crueles y enternecedores del cuento, el ejecutado reconoce a
su verdugo y se resigna a cumplir su destino.
El
criminal sabe que la suerte está echada. La crudeza con que van sucediéndose
los acontecimientos nos recuerda que, esperándola o no, la venganza suele
cumplirse y el tiempo siempre llega; sórdido, sin apostillas ni
reivindicaciones.
Así, en
unas cuantas páginas, Óscar Esquivel nos regala una muestra de su fuerza
narrativa. Ojalá sea el comienzo de una fructífera carrera.
14/1/13
Sobre "Introspecciones" de Gustavo Macedo
Twitter
es literatura si uno es capaz de hallarla. Al poco tiempo de mi arribo a esta
red social, me volví puntual seguidor de un mordaz tuitero que se hace
llamar Oxímoron, nombre por demás afortunado, ya que revela el
potencial de su autor al utilizar como pseudónimo una figura literaria que
obliga al lector a pensar para entender, hecho que se confirma en cada uno de
los tuits que él publica.
En 2013, Gustavo Macedo Pérez —el joven escritor al que me refiero— nos
presentó Introspecciones, un volumen compuesto de nueve
relatos donde se nos invita a repensar dos vetas de la tradición narrativa en
México. En principio; la del cuento corto que va enriqueciéndose a medida que
abreva de una realidad distorsionada; pero también la tradición del personaje
que contradice dicha realidad, que se obsede en interrogar lo más hondo de su
consciencia.
La
mayoría de los relatos que conforman Introspecciones inician in
media res, dejando escuchar los ecos de otras temporalidades que
complementan las acciones y las consecuencias que ellas desencadenan. Poco a
poco, descubrimos que estamos frente a cuentos fractales, caracterizados por el
manejo de distintas expresiones que conviven con la presencia de un narrador en
tercera persona, así como la ausencia total de valoraciones objetivas sobre los
personajes; y un mundo que va desdoblándose a la medida de los individuos que
lo habitan. Además de las variadas voces que entretejen cada relato; es de
llamar la atención el manejo de la temporalidad. El autor elimina
voluntariamente todo rasgo que pueda definir con exactitud el paso del tiempo;
estrategia compleja que permite llevar los textos a su grado máximo de
ambigüedad; así, no sabemos a ciencia cierta qué podría ocurrir, ya que se
dilata el universo diegético; revelándonos que, al interior de Introspecciones,
todo es posible.
En el
cuento titulado La mujer con corazón de hijo, se insinúa el motivo
primordial que se hallará en todos los relatos: la incertidumbre. Cada acción,
cada palabra, añaden tensión a un escenario irresuelto; e inducen al lector a
asumir una vocación casi detectivesca, que va incrementándose y que concluye al
mismo tiempo para él que para el cónyuge. La inseguridad se convierte en el
motivo estético que unifica las partes integrantes de un libro que, sin lugar a
dudas, moviliza nuestra imaginación; y nos hace poner en duda cualquier
pista.
La fascinación minuciosa por el desencuentro que recorre la narrativa de Gustavo Macedo, me hace pensar que cada uno de sus textos es diseñado como un desafío, como una especie de rompecabezas de imposible anticipación, lo que coincide con el perfil de un escritor ajeno a las complacencias y que exige a sus lectores atención y pensamiento, ofreciendo a cambio buena literatura. Una vez leído Introspecciones, espero con interés el nuevo reto que Gustavo brinde a nuestras letras.
La fascinación minuciosa por el desencuentro que recorre la narrativa de Gustavo Macedo, me hace pensar que cada uno de sus textos es diseñado como un desafío, como una especie de rompecabezas de imposible anticipación, lo que coincide con el perfil de un escritor ajeno a las complacencias y que exige a sus lectores atención y pensamiento, ofreciendo a cambio buena literatura. Una vez leído Introspecciones, espero con interés el nuevo reto que Gustavo brinde a nuestras letras.
9/1/13
Sobre "Derecho de amparo" de Mariana Salinas
Conocí primero a Mariana Salinas por sus letras y, mucho después, por su persona. Lo primero sucedió por nuestra común adicción tuitera, aunque confieso que soy un manantial de textos y ella, en demérito de los que admiramos su escritura, se decanta por la palabra precisa, el texto puntual, la letra bella y pulida. Al poder charlar personalmente, comprobé que en Mariana concurre algo no tan frecuente en el mundo literario: el que la calidad de lo que plasma corresponde íntegramente a las cualidades humanas de la escritora.
Así, tengo en mis manos un ejemplar generosamente dedicado de Derecho de amparo, el primer libro de poesía escrito por Mariana Salinas. Lo primero que llama la atención al atento lector es el propio título, mismo que nos hace rememorar a nuestro juicio de garantías, protector de la invulnerabilidad de los derechos fundamentales de que gozamos. De esta manera, Mariana deja entrever con lucidez su compromiso con la pugna por la libertad vital y hasta interpretativa del lector, asumiendo valientemente a la poesía como última instancia en la perenne búsqueda de la compresión y, quizá, posterior fuga de nuestra realidad existencial.
La autora nos confiesa, en principio, que su convivencia con la poesía deviene del encuentro y el reconocimiento de la incansable dialéctica del lenguaje; del escenario en el que una palabra llama a la otra y en donde el silencio se vuelve casi inaccesible. Ahí es donde Mariana articula la consistencia de su voz poética, en el espacio de neutralidad que arrebata a la inevitable sucesión de la expresión.
Temáticamente, el libro ahonda en la angustia y la necesidad de un yo por reconocerse como parte integrante de una totalidad de vida. Por eso podemos leer: “Soy la palabra/ que llega/ sin aviso. / Viento/ que golpea/ las entrañas/ de la tierra. / Soy la reina/ de las cosas/ invisibles. / El sonido/ de la letra/ me adivina. / Soy el deseo: / cruz de la memoria”. El vértigo con el que la voz lírica recorre espacios tan distintos entre sí, y los integra a su experiencia del mundo, genera una sensación de incertidumbre y tensión que invade al lector y lo obliga a preguntarse por la naturaleza de su propia conciencia.
Lentamente y conforme transcurre la lectura, el estilo de Mariana va revelándose fuerte y consciente de sus necesidades expresivas. A diferencia de las tradiciones poéticas fincadas en el manejo de las estructuras métricas, la poesía en Derecho de amparo se alimenta de rupturas rítmicas y sintácticas; técnica que permite a la autora mostrar su oficio poético: alternar entre el verso, la prosa; redefinir la escisión de los versos y el manejo del espacio.
Temáticamente, el libro ahonda en la angustia y la necesidad de un yo por reconocerse como parte integrante de una totalidad de vida. Por eso podemos leer: “Soy la palabra/ que llega/ sin aviso. / Viento/ que golpea/ las entrañas/ de la tierra. / Soy la reina/ de las cosas/ invisibles. / El sonido/ de la letra/ me adivina. / Soy el deseo: / cruz de la memoria”. El vértigo con el que la voz lírica recorre espacios tan distintos entre sí, y los integra a su experiencia del mundo, genera una sensación de incertidumbre y tensión que invade al lector y lo obliga a preguntarse por la naturaleza de su propia conciencia.
Lentamente y conforme transcurre la lectura, el estilo de Mariana va revelándose fuerte y consciente de sus necesidades expresivas. A diferencia de las tradiciones poéticas fincadas en el manejo de las estructuras métricas, la poesía en Derecho de amparo se alimenta de rupturas rítmicas y sintácticas; técnica que permite a la autora mostrar su oficio poético: alternar entre el verso, la prosa; redefinir la escisión de los versos y el manejo del espacio.
Hacia el final del poemario; podemos advertir plenamente el poder conceptual y verbal de esta poeta. De modo que, tras estas breves consideraciones, solo me resta celebrar la sorpresa que me produce hallar páginas por donde transita la poesía. Un trabajo digno de hechura y reflexión que, sin duda, enriquece el panorama de la literatura en México.
"¿Qué es un millonario?". Rubem Fonseca
Cuando no estoy leyendo un libro de la biblioteca, me pongo a ver uno de esos programas de la tele que muestran la vida de los ricos, sus palacios, automóviles, caballos, yates, joyas, cuadros, muebles raros, vajillas, cavas y criados. Es impresionante lo bien que se la pasan los ricos.
No me pierdo de esos programas, aunque no me sean de mucha utilidad, porque ninguno de esos ricos vive en mi país. Pero me gustó oír a un millonario que entrevistaron durante una cena, que decía que había adquirido un yate por cientos de millones de dólares para tener un yate más grande que el otro rico. —Era la única manera de acabar con la envidia que le tenía—, confesó, sonriendo y dando un trago a su bebida. Los comensales a su alrededor se rieron mucho cuando lo oyeron. Los ricos pueden tenerlo todo, hasta envidia uno del otro, y en ellos, es más, es divertido. Yo soy pobre y la envidia cuando uno es pobre es muy mal vista, porque la envidia deja al pobre acomplejado. Junto con la envidia, viene el odio a los ricos y los pobres no saben cómo desquitarse sin tomarse las cosas a pecho, sin espíritu de venganza. Pero yo no le guardo rencor a ningún rico, mi envidia se parece a la del tipo que compro el yate más grande: como él, solo quiero ganar una partida.
Descubrí cómo ganar la partida entre un tipo pobre, como yo, y uno rico. No es volviéndose rico, nunca lo lograré. —Ser rico—, dijo uno de ellos en un programa, —es una predisposición genética que no todo mundo tiene—. Ese millonario hizo su fortuna de la nada. Mi padre era pobre, cuando murió no heredé nada, ni siquiera el gene que lo motiva a uno a ganar dinero.
El único bien que poseo es mi vida, y la única manera de ganar la partida es matar a un rico y seguir vivo. Es algo parecido a comprar el yate más grande. Sé que parece un razonamiento extravagante, pero una forma de ganar la partida es crear buena parte de las reglas, cosa que hacen los ricos...
...A todos los ricos les gusta ostentar su riqueza. Los nuevos ricos son más exhibicionistas, pero no quiero matar a uno de ésos, quiero a un rico que haya heredado su fortuna. Éstos, los de segunda generación, son más discretos, normalmente muestran su riqueza en los viajes, adoran hacer compras en París, en Londres y Nueva York. Les gusta también ir a lugares distantes y exóticos, pero que tengan buenos hoteles con servidumbre amable, los más deportistas no pueden dejar de esquiar en la nieve una vez al año, lo cual es comprensible, pues a final de cuentas viven en un país tropical. Exhiben su riqueza entre ellos (no sirve de nada jugar con los pobres), en la cenas de millonarios, donde el comprador puede confesar que fue por envidia que compró lo que compró, y los demás brindan alegremente a su salud...
...Los ricos, como los pobres, no son todos iguales. Hay a los que les gusta charlar con un puro caro entre los dedos o con un vaso de líquido precioso en la mano, hay los galantes, los reservados, los solemnes, los que alardean de erudición, los que exhiben riquezas con sus atuendos de marca, hay hasta los circunspectos, pero en el fondo todos son fanfarrones. Es parte de la mímica, que acaba siendo un lenguaje de señales verdadero, pues permite ver lo que cada quien es en realidad. Sé que los pobres también tienen su mímica, pero los pobres no me interesan, no está en mis planes jugar con ninguno de ellos, mi juego es el del yate más grande...
...Gané la partida. No sé si volver a jugar. Con envidia, pero sin resentimientos, solo para ganar, como los ricos. Me gusta ser como los ricos.
14/12/12
"Amour" de Michael Haneke
Tuve la oportunidad de ver anticipadamente Amour, película de este año, resultado de una coproducción francesa, alemana y austriaca; escrita y dirigida por el reconocido Michael Haneke; y con un reparto integrado por Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert, William Shimell, Rita Blanco y Laurent Capelluto.
Amour ha
sido un suceso en los festivales europeos y estadounidenses. Entre otros, ganó
la Palma de Oro del Festival de Cannes, los Premios del Cine Europeo, el del
Círculo de Críticos de Nueva York y el National Board of Review. En otras
palabras, parece la apuesta segura al Óscar a la mejor película extranjera.
En mi
opinión, la avalancha de críticas positivas no es desproporcionada. Amour es
una gran obra, de esas que nos ayudan a refrescarnos de los predecibles filmes estadounidenses y del cansino "nuevo cine mexicano".
Michael
Haneke construye una bellísima película plena de humanidad, donde nuestro
inevitable destino es el tema y la manera en que lo enfrentamos el argumento:
quizá es una película de terror. Éste es uno de los muchos ángulos desde los
que se puede vislumbrar, dado que podríamos valorarla desde el afecto, la
soledad, la senectud y llegar a conclusiones diversas.
La
historia es simple: el retrato de Georges y de Anne, un matrimonio octogenario.
No deja de ser a grandes rasgos una fotografía sobre la vejez y la muerte, en
un instante en que el deseo de vivir —o el miedo a no hacerlo— cobran una gran
importancia. Esto ya vaticina un filme fuerte y difícil de ver. Amour nos
acerca al día a día de esa unión, su complicidad, su cariño, sus disputas y,
sobre todo, a la proximidad de la despedida. Lo cotidiano se transforma cuando
los años cobran su precio y la enfermedad oscurece toda su existencia.
Como
auditorio, visualizamos lo que sucede en el domicilio conyugal; somos
infiltrados y testigos de lo más íntimo, dentro de un inusual nivel de
verosimilitud, mismo que conecta directamente con lo más profundo de nosotros,
no solo en lo emocional sino en lo visceral, logrando una catarsis que nos hace
dejar la sala con un nudo en el estómago, y eso, en el mundo de hoy, tiene
mucho mérito.
La
conclusión reafirma que las mejores historias de amor son las que no
tienen un final feliz, aunque éste se manifieste a través de la prueba más
dura, más diáfana, más dolorosa y, de ahí su belleza, más plena de
humanidad.
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