19/5/11

"Tenían poco que decirse, pero que sencillo era sentirse unidos". Giani Stuparich

El hombre nacido en la isla estaba hecho para moverse por el mundo y para regresar a ella solo al final de sus días. Quien había atravesado cincuenta veces el Atlántico o navegado por el Pacífico, quien había corrido las aventuras propias de todas las tripulaciones por los distintos astilleros de Europa y América, no podía encontrar paz dentro de un huertecillo con sus hierbas aromáticas, mirando pasar las nubes sobre su cabeza, o admirando, mientras se acuna en una barquichuela, la superficie reverberante del puerto. Corría el riesgo de volverse como Fabricio que, con su larga cara amarilla llena de bolsas y los ojos húmedos, parecía un viejo mastín rabioso, atado a la cadena, que nunca se hubiera movido más allá de un radio de dos metros en torno a su perrera; o como Antonio que, desdentado, con la barbilla apoyada siempre en la empuñadura de su bastón, enrojecidos y mellados los párpados, parecía un pupilo de una casa de caridad para mendigos.
No, que no contaran con él en aquella pandilla refunfuñona; a él le bastaría, en el último momento, el rectángulo donde estaba sepultado su padre: allí se uniría con la árida tierra de su isla natal, y su nombre se grabaría bajo el nombre de su padre en la modesta piedra extraída de aquella misma tierra. ¿Se acercaba la hora? No le importaba saberlo. Le esperaban algunos días buenos, en el aire que había respirado en su infancia y que sentía suyo, lo mismo que el tono de la sangre.
Cosas ligeras, rincones tranquilos reverberaban en su imaginación. Hasta el punto de que el mal físico no conseguía turbarlo, era como un fondo molesto que se distanciara cada vez más de la realidad viva.
Sabía que más allá, en la otra habitación, cerca, respiraba su hijo. Le daba una sensación de seguridad, nueva y apacible. Nunca había sentido la necesidad de que nadie fuera su sostén, pero ahora un misterioso temor, que había anidado en el fondo oscuro de su ser, lo llevaba a mirar en torno a él, como buscando una criatura que le infundiera valor. Su hijo. Tenían poco que decirse, pero que sencillo era sentirse unidos.

17/5/11

Judit Polgár


La historia de la familia Polgár es digna de una película. László Polgár experimentó su propio método educativo, basado en el supuesto de que “los genios se hacen, no nacen”, con sus tres hijas Zsuzsa, Zsófia y Judit. Antes de casarse escribió un libro titulado Criar genios, en el que pedía una esposa dispuesta a llevar a cabo su idea. A la petición acudió Klara, una maestra de escuela con quien se casó y se trasladó a Hungría. El matrimonio educó en su propio hogar a sus tres hijas, centrándose principalmente en el ajedrez y obviando la educación formal, consiguiendo que las tres niñas se convirtieran, desde muy jóvenes, en formidables jugadoras del juego ciencia.

Zsuzsa y Judit alcanzaron el título de Gran Maestro Internacional y Zsófia, el de Maestro Internacional. Empero, el mayor éxito fue para Judit, quien es considerada la mejor jugadora de la historia. En noviembre de 2010 ocupaba la posición número 49 del mundo según la lista de la FIDE (misma que incluye hombres y mujeres) con una puntuación ELO de 2,686. Es la única mujer entre los 100 mejores de dicha lista y la única que ha conseguido estar entre los mejores 10 (lo logró en la lista de enero de 1996).

Dentro del historial competivo de Judit destacan su victoria en el Campeonato de Hungría de 1991; triunfos en los torneos de Hastings (1992-1993) y en Madrid (1994), derrotando a jugadores como Gata Kamsky, Shírov o Valeri Sálov. También se alzó con la victoria en el torneo de Stornoway, en el año de 1995. El mejor momento de su carrera incluye una victoria sobre Gary Kasparov, quizás el mejor jugador de todas las épocas (adjunto un enlace a la partida: http://bit.ly/5vTeu).

La foto que presento se la tomé a Judit dedicando un libro en su reciente visita a México, con motivo del Festival de Ajedrez de la UNAM en 2010. En sus palabras: El ajedrez es una forma de hacer arte. Hacer los movimientos correctos es similar a un artista que crea una obra maestra, se trata de la estética, el cálculo y la intuición. Me produce una gran alegría la creación de bellas partidas y la esperanza de inspirar a todos los entusiastas de este juego de reyes.

16/5/11

"No habrá paz nunca". W. H. Auden


Aunque el claro buen tiempo
sonría en las orillas de tu aprecio
y vuelvan sus colores, te cambió la tormenta:
no olvidarás la oscuridad
que enturbió tu esperanza, el vendaval
que anunció tu caída.

Debes vivir con lo que sabes.
Hay otros más allá, fuera de ti,
en ausencias sin luna que tú ignoras
pero saben de ti sin duda alguna:
quién sabe de qué son y de qué género,
pero tú no les gustas.

¿Qué les has hecho?
¿Nada? Nada no es una respuesta:
llegarás a creer, cómo no hacerlo,
que lo has hecho, que algo les has hecho;
llegarás a desear hacerles gracia
y a querer su amistad.

No habrá paz nunca.
Pelea pues con todo tu coraje,
todas las sucias tretas que conozcas,
y tenlo bien en mente:
tanto les da la causa que tuvieran,
pues odian solo por odiar.



(Versión de Aurelio Asiain.
Gracias a RockStroke por compartirlo)

Una mirada a "La libertad guiando al pueblo" de Delacroix


Hay obras maestras del arte que son reproducidas en tantas ocasiones que las terminamos viendo sin observarlas. En este proceso olvidamos todo sobre la pieza, si es que alguna vez supimos algo, y solo nos quedamos con el icono, símbolo de la cultura masificada que padecemos. En este caso se halla la pintura motivo de estas líneas, que por lo menos buscan evitar que se difumine de mi memoria.
La libertad guiando al pueblo (1830) es una pintura que siempre me ha impactado, obra del artistafrancés Ferdinand-Victor-Eugène Delacroix, un gran exponente del romanticismo del siglo XIX y cuya influencia se extendió hasta los mismos impresionistas. Delacroix tuvo una formación neoclásica, aunque con visos del legado de Rubens, Veronés y Géricault.
También conocida como La barricada, La libertad guiando al pueblo es quizá la más conocida e influyente obra de Delacroix, y representa una glorificación semialegórica de la idea de la libertad; es una pintura que desde sus colores ya transmite tristeza, batalla, dureza. Al reflexionar en cada personaje ahí plasmado, reafirmo que en todo tiempo la lucha por los ideales no ha tenido color ni precio: no importan las maneras, dentro del código ético personal, ni con quién llegues a lograrlos, lo trascendente es intentar y llegar a ellos.
Quizás este cuadro se ha vuelto tan popular porque el ser humano necesita de divisas que transmitan pertenencia al grupo que apunta hacia el mismo lado, que lo hagan identificar a los que están en busca de los mismos arquetipos y que lo impulse a no bajar la guardia.

A Delacroix esta pintura le valió recibir la Legión de Honor, ya que confirmó la clara división entre la época romántica, misma que resaltaba la importancia del color y el espíritu, y el estilo concurrente, el cual hacía más hincapié en la importancia del dibujo y en el distanciamiento respecto al tema.

Como expresé, había visto en innumerables fotografías a La libertad guiando al pueblo, pero la primera vez que la contemplé en el Museo de Louvre de París francamente quedé conmovido. Nunca una representación de la idea será igual a la idea en sí. La gran carga emotiva de la paleta de Delacroix me sobrecogió, haciendo que pasara un largo rato admirándola, logrando abstraerme totalmente de mi entorno, lo que solo lo verdaderamente grande lo logra. No tenía que ser de otra manera, ya que el maestro francés tenía razón, es la libertad personificada.

15/5/11

"Reivindico la blandura de la senilidad si ello me enseña a llorar junto a los otros". Rosa Montero


¿Se me habrán reblandecido las neuronas? ¿Tenderá uno irremisiblemente a la ñoñería a medida que va cumpliendo años? Pues sí, me temo que la vejez te vuelve sentimental y lacrimoso. Pero también creo que de joven yo era demasiado dura. Porque la juventud tiene, en ocasiones, algo implacable, un asomo de aspereza impaciente, quizá cierta intolerancia a la hora de ponerse en el lugar del otro. O sea, se diría que los jóvenes son generosos e idealistas y muy capaces de inmolarse por los demás, pero, eso sí, siempre que los demás sean una idea y no un vecino. Y perdonen por la burda generalización y añadan todas las excepciones necesarias…

...Y es que se diría que, en efecto, con el tiempo aprendemos. Que las penas que uno va atravesando en la vida te ayudan a comprender las penas de los demás. Que, después de todo, la vejez sí que puede traer cierta sabiduría. Reivindico la blandura de la senilidad si ello me enseña a llorar junto a los otros.

14/5/11

"Nunca des por entero el corazón". William Butler Yeats

NUNCA des por entero el corazón,
pues nunca el amor parecerá digno

a las mujeres llenas de pasión
si parece real, y nunca sueñan
que se va haciendo débil con los besos
pues que todo lo hermoso es sólo un breve,
maravilloso y grato regocijo.
Oh, nunca des el corazón del todo,
pues ellas, a pesar de lo que labios
suaves puedan decir, han entregado
su corazón al juego, ¿y quién podrá
jugar en igualdad de condiciones,
sordo, mudo y ciego ya de amor?
Quien ha hecho esto bien conoce el precio,
Pues dio entero el corazón y perdió.

8/5/11

"La vida adulta se va llenando de amistades hasta hacerse soportable". Ray Loriga



En la infancia, puede uno permanecer solo largo rato, aprendiendo algo acerca de sí mismo. Con la edad, el ejercicio de la soledad resulta cada vez más doloroso, menos instructivo. Queda poco que aprender, nos hemos decepcionado lentamente, apenas podemos esperar ya sorpresas, lo que imaginábamos no ha sucedido, no somos quienes queríamos ser y no queda otra que aceptarlo. Para paliar esa náusea se buscan amigos.
La amistad en la vida adulta sustituye muy efectivamente al éxito o al deseo del mismo, la amistad entretiene y reconforta, somos aceptados por lo que hemos resultado ser y nuestros fracasos se olvidan por un instante en presencia de un amigo. Lo que nos quede por soñar también encuentra en la amistad un estímulo renovado que compensa con creces las energías perdidas en la soledad de nuestros primeros e infantiles empeños.

En esa primera mina a la que bajaba uno solo convencido de la presencia del oro se enterraron a tiempo el orgullo desmedido y la ansiedad, y al regresar, a tiempo y gracias al tiempo, a la superficie, descubrimos en los otros no solamente consuelo, sino razones más sólidas para el resto de la aventura.

De niños nos sirve el vaho en los cristales para escribir con el dedo cosas importantes, al crecer y perder todo interés por lo importante no podemos escribir con seriedad ya nada y limpiamos el vaho con la manga de la camisa para, sencillamente, mirar por la ventana.

“Sé que ese tiempo fue un tiempo sagrado”, dice Peter Handke en su Ensayo sobre el cansancio, refiriéndose al momento de los niños, a un pasado que en sus propias palabras se glorifica. Cabría pensar que éste ahora será también recordado en la vejez con el brillo de lo perdido, y sin embargo al hablar con ellos, con los viejos, tengo la sensación de que la hoja se dobla para volver siempre con entusiasmo a sus primeras líneas, ignorando el tiempo central y que al acercarse al final es el principio lo que brilla. El vaho en el cristal y la formidable seriedad de nuestro dedo al escribir en él lo importante, o al menos con desvergonzada importancia. El afán por descubrir y descubrirnos, el impulso natural de imaginarnos de maneras formidables, sin el rencor que inevitablemente produce el constatar la cifra real de lo que finalmente somos.

Mi abuela recordaba así sus patines de hielo, y poco o nada del resto de su vida. Y pasaba el pulgar una y otra vez por la cuchilla afilada de ese recuerdo. Supongo que esa dedicación primera por el descubrimiento de las cosas es lo que convierte un tiempo en sagrado, y que el cansancio posterior va robándole a cada cosa su alma hasta que la amistad se convierte en casi el único consuelo.

La vida adulta se va llenando de amistades hasta hacerse soportable, el tiempo entre amigos parece lo único sagrado y la soledad tan útil antaño parece de pronto inaceptable.

Si antes nos recluíamos lejos de los amigos para abordar tareas que nos parecían esenciales, ahora el cansancio nos devuelve a los amigos y no deseamos escamotearle nada a los momentos dedicados al disfrute de los otros, y por reflejo a lo mejor de nosotros.

Imagino que es por eso por lo que suponemos el cielo entre otras almas y sin más ocupación ni más pasiones que la mera compañía.

Ni siquiera el infierno resulta aterrador si se asegura uno compañía suficiente.

7/5/11

Sobre "la soledad de los números primos"


Paolo Giordano es un joven escritor italiano, ganador del Premio Strega con su primera novela, La soledad de los números primos (2008), uno de los mejores libros que tuve la suerte de leer el año pasado. Es licenciado en física por la Universidad de Turín y autor de diversos articulos y relatos; pero su primera aventura en la ficción le trajo la fama internacional a los 26 años. En esencia, un genio.

Una bella metáfora sobre los números primos gemelos es la clave de la dolorosa y conmovedora historia de Alice y Mattia. Una mañana fría, de niebla espesa, Alice sufre un grave accidente de esquí. Si la firmeza y madurez con que este joven autor desarrolla el tono narrativo impresiona y sorprende, no menos admirable es su valor para asomarse sin complejos, nada más y nada menos, a la esencia de la soledad. Giordano ha  sabido construir a la perfección a sus personajes, sobre todo a los protagonistas, a los que define alternativamente mediante episodios de profundo calado. La franqueza con la que narra las relaciones, de forma directa, escueta, clara y a la vez enigmática, mantiene atento al lector.

Dejemos al texto hablar por sí mismo: “en una clase de primer curso Mattia había estudiado que entre los números primos hay algunos aún más especiales. Los matemáticos los llaman números primos gemelos: son parejas de números primos que están juntos, o mejor dicho, casi juntos, pues entre ellos media siempre un número par que los impide tocarse de verdad. Números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43. Mattia pensaba que Alice y él eran así, dos primos gemelos, solos y perdidos, juntos pero no lo bastante para tocarse de verdad.

A mi personal gusto, La soledad de los números primos es un claro ejemplo de puntual narrativa que no deja de marcarnos, donde la dicotomía, amor y soledad caminan de la mano, juego con el que alguna vez nos hemos topado en la vida.

6/5/11

"Nunca se presta un libro prestado". Luis Ignacio Helguera


Compartir el gusto de la lectura, uno de los placeres más cómplices, rituales, gozosos, fecundos de la amistad, se realiza noblemente, con frecuencia, a través del préstamo de libros. Con pareja frecuencia, la devolución de los libros demora demasiado, si es que llega a cumplirse. Como si estos entes impresos, empastados, que pueden abrir los caminos de la amistad y el conocimiento como cerrar los del domicilio y procrear el horror a las mudanzas, siguieran un destino propio, eligieran estante, librero, destinatario final; como si estuviéramos destinados nosotros mismos a perder algunos libros en manos amigas o a perderlos ellas en las nuestras.

He comprobado no ser el único en contar con un estante de “libros prestados. De poco vale la precaución: el estante tiende a engordar, y mientras más cercanos son los amigos, menor la preocupación de devolverlos. Tengo libros de amigos que llevan conmigo diez años y han sobrevivido incluso a un par de mudanzas riesgosas, infernales. Tienen amigos libros míos que solo recuerdo que los tienen después de buscarlos durante un buen rato en mi biblioteca.

¿Me prestas mi libro X?, pregunté una vez a un amigo. ¡Cómo crees! me respondió. Sí yo lo necesito mucho más que tú.

El libro que recitas, oh Fidentino, es mío escribió Marcial. Pero, por tu pésima recitación, es casi tuyo. Leí, releí y maltraté tanto un libro apasionante muy mal encuadernado, por lo demás que me prestó un amigo, que cuando, muchos años después, quise devolverlo, citando a Marcial, con la avergonzada paráfrasis “el libro que me prestaste, claro Fidentino, es tuyo. Pero, por mi manera de frecuentarlo y destrozarlo, es casi mío, él, incrédulo ante el fajo caótico de hojas volantes prácticamente la carnaza rancia de un cocker spaniel , decidió: “es tuyo.

Conocí a un bibliófilo loco que decía: “cuando alguien me pide prestado un libro, prefiero regalárselo. Porque mucho más que tener que prestar libros, me enoja que no me los devuelvan.

Un buen día, un amigo me trajo de un país remoto un libro valioso, inconseguible en México. Al día siguiente  un mal día presumí el libro a otro amigo, quien, tan apasionado del tema como yo, me arrebató el volumen bajo promesa de devolverlo en tres días. Su gula bibliófila, que superaba, por muy poco margen, la mía, me decidió a dar por terminado un forcejeo ridículo que solo propiciaba el deterioro prematuro del volumen flamante. Lo voy a devorar, dijo, como para reafirmar su palabra. A los tres días, le exigí cumplirla. Balbuceante, me confesó que a su vez había perdido el forcejeo ante la gula bibliófila, por muy poco margen superior, de un amigo suyo. La cólera me hizo formular una regla ética: ¡nunca se presta un libro prestado!. Cólera que se acrecentó cuando me dijo el nombre de su amigo, enemigo mío. Se comprometió a recuperar mi libro de inmediato. Nunca lo hizo. Así perdí no solo un libro, sino a un amigo. ¿Qué extraño más: mi libro o a mi amigo? A mi amigo, pues al libro ni siquiera tuve tiempo de tomarle cariño. Pero los dos, o mejor dicho, los tres –mi “amigo”, “mi” libro y “mi” enemigo– desaparecieron para siempre de mi vista, de mi vida.

Guardo libros ajenos que no tuve tiempo de devolver. Son ya, de hecho, míos, y los cuido y quiero como a tantos que he comprado. Dos me los prestaron amigas que murieron muy jóvenes. Nunca los he leído. Acaricio sus lomos, leo el nombre de una de ellas en la primera página y sus cuidadosas anotaciones a lápiz al margen del texto; leo las tarjetas a pluma dentro del volumen de la otra. Aparte de algunos recuerdos muy vivos, estos libros son las únicas cosas de ambas que conservo.

1/5/11

"La conversación plana es un fenómeno producido por defectos en el diseño del cerebro del hombre". Jorge Ibargüengoitia


En las conversaciones, la gente habla de muchas cosas. En general se puede decir que habla de lo que le da la gana. Sin embargo, las conversaciones de cada grupo social o regional obedecen a ciertas reglas generales y tienen ciertos límites de acuerdo con la ocasión, la inteligencia y la edad de los participantes…

Yo he escuchado a tres hermanas, hablando de su padre, no en plan de confesión, pero sí de ratificación, diciendo:

¡Tan bueno que era mi papá!

¡Siempre con la sonrisa en los labios!

¡Y tanto que le gustaba el chicharrón!

Son tres virtudes del difunto que ya las tres hermanas conocían, pero no están "intercambiando impresiones", sino repitiendo tres características para conservar una imagen…

...Entre los bon vivants se acostumbra hacer referencia al descubrimiento de un nuevo restaurante en donde todo es horrible, menos el biftec tartar, o bien cuando la conversación se está yendo a pique, se saca a colación aquel restaurante chino, magnífico, en Seattle. Con esto, por lo general, se termina la reunión...

...Las conversaciones rituales son, como la arterioesclerosis, una característica que se desarrolla con la edad.  Mientras más viejo es uno mentalmente más conversaciones rituales tiene. La prueba es que cuando uno es niño la percibe con una vividez y gran desesperación.  

–¡Ay, ya van a empezar a hablar de las fiestas del Centenario!

Después se produce en el hombre algo que parece acostumbramiento y es, en realidad, vejez. Las primeras conversaciones rituales que tienen los jóvenes son respuesta a una de las conversaciones rituales de los viejos: 

Como ya te he dicho, hijo mío, puedes seguir la carrera que quieras pero sigue una carrera y saca tu título. El título siempre es un refugio. 

Pero es que yo no me he encontrado a mí mismo, papá.

Y se quedan diciendo que no se han encontrado a sí mismos hasta que se les empieza a caer el pelo. De allí pasan directamente a hablar de la acidez...

La conversación plana es algo que nadie ha inventado, es un fenómeno tan viejo como la humanidad y es producido por defectos en el diseño del cerebro del hombre… Es una conversación ritual, nomás que más aburrida...

...Es conversación plana la de dos señoras que dicen: 

Yo le digo a mi hijo que estudie catorce años más, termine la carrera, haga su tesis, se reciba y después se dedique a lo que se le de la gana.

A lo cual, la otra, por supuesto, responde: 

Tienes razón un título es siempre es un paracaídas...

...Se hace conversación plana cuando se mete la mano en lo que podría llamarse "el acervo de la sabiduría popular", que aunque está plagado de inexactitudes no es exclusivamente un conjunto de idioteces. Es conversación plana decir, por ejemplo:

¿No te has fijado que el hombre ha dado la espalda a la naturaleza y ya no se preocupa más que de su provecho propio? 

Es cierto, nomás que no es interesante.